Ancianos de Loja tejen cedazos con crines: una tradición que se apaga
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En los rincones más tranquilos de Loja, un grupo de ancianos aún pasa las tardes tejiendo cedazos con crines y colas de caballo. No es un simple objeto: es un legado que se deshilacha.
Para el lector lojano, esto no es solo nostalgia. Detrás de cada cedazo hay horas de trabajo manual que conectan con la identidad rural de la provincia. Saber que esta técnica podría desaparecer en una década es una llamada de atención sobre lo que estamos perdiendo como cultura.
El arte que se niega a morir
Los cedazos de crin se usaban para cernir harina, separar granos o filtrar líquidos. Antes, cada hogar tenía uno. Hoy, apenas media docena de artesanos, todos mayores de 70 años, dominan el oficio en parroquias como Vilcabamba o Malacatos. La crin se lava, se seca al sol y se teje en telares rústicos, un proceso que puede tomar hasta tres días por pieza.
- Escasez de materia prima: Cada vez hay menos caballos en la zona y los pocos dueños no quieren donar crines porque el animal queda con parches.
- Falta de relevo generacional: Los jóvenes no se interesan por un oficio que no deja ganancias inmediatas y requiere paciencia.
- Competencia industrial: Los cedazos de plástico y acero inoxidable cuestan menos y se consiguen en cualquier tienda.
Lo que viene ahora
Algunos municipios y la Casa de la Cultura de Loja han empezado a registrar a estos artesanos y a impartir talleres básicos, pero el tiempo apremia. Sin un mercado que valore el cedazo de crin como un producto artesanal único, difícilmente habrá herederos.
La próxima vez que vea un cedazo de plástico, pregúntese qué historia se está quedando atrás. La de estos ancianos merece ser tejida en la memoria colectiva, no en el olvido.
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