Amazonía ecuatoriana se despide entre ríos que braman y bosques que se apagan
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El río Napo baja turbio y rápido, como si tuviera prisa por dejar atrás la selva. A sus orillas, los últimos árboles de la Amazonía ecuatoriana se yerguen gigantes, sabiendo que más allá solo hay páramo y carretera. Esta es la despedida de un mundo que aún respira, pero que el país parece no querer ver.
Para el lector de Loja y de todo Ecuador, esta no es una postal lejana. Lo que ocurre en la Amazonía define el clima, el agua y el aire que respiramos. Cada hectárea que se pierde allá, se siente en la sequía de nuestros cerros y en el calor que sube.
La selva que se cierra detrás de nosotros
Salir de la Amazonía no es solo cambiar de paisaje, es cruzar una puerta que se cierra. Al este, la humedad y el verdor; al oeste, la tierra quebrada y el polvo. En ese umbral, comunidades indígenas y colonos conviven con una realidad que pocos conocen.
- Más de 1.500 especies de aves, árboles que alcanzan los 60 metros y ríos que drenan la mitad del país: esa es la herencia que dejamos atrás.
- 30% de deforestación en las últimas dos décadas en las provincias de Orellana y Pastaza, según cifras oficiales, equivale a perder un bosque del tamaño de la provincia de Loja cada cinco años.
- Comunidades como Sani Isla resisten con turismo comunitario y manejo forestal, demostrando que otra relación con la selva es posible.
Lo que viene ahora
Mientras el país mira al norte por el conflicto armado y al sur por la sequía, la Amazonía sigue su curso. Los próximos meses serán clave: la temporada de lluvias puede acelerar la erosión o traer alivio a los ríos. Pero lo que ocurra en sus entrañas definirá, silenciosamente, el futuro de todos los ecuatorianos. No es una despedida definitiva: es una pregunta abierta que la selva nos deja.
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