Bares donde el algoritmo no entra: el auge de los ‘listening bars’ y lo que dice de nosotros
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Bares donde el algoritmo no entra: el auge de los ‘listening bars’ y lo que dice de nosotros
“Aquí no hay playlist ni Spotify. Solo vinilos, silencio y la música que tú pides”, me dice Carlos Arévalo, dueño del primer ‘listening bar’ de Quito. La tendencia global de los bares para escuchar, no para conversar, llega a Ecuador. Y su éxito revela una necesidad ciudadana: escapar del ruido digital y reconectar con lo tangible.
¿Qué es un ‘listening bar’ y por qué triunfa en Ecuador?
Son espacios diseñados para escuchar música en alta fidelidad. Sin televisores, sin parlantes Bluetooth y con una regla sagrada: hablar en voz baja. El cliente paga por la experiencia auditiva y, a menudo, elige el disco.
En Guayaquil y Quito ya operan al menos cuatro locales con este concepto. El más veterano, “El Sótano”, abrió en 2022 en La Mariscal. “La gente llega estresada. Aquí el algoritmo no decide qué escuchas”, afirma su socio, Mateo Salazar.
Cifras que explican el fenómeno
- 80% de los asistentes tienen entre 25 y 40 años.
- 70% confiesa sentirse “quemado” por las notificaciones y las listas de reproducción automáticas.
- El 90% elige vinilos de artistas locales como Juan Fernando Velasco o Margarita Laso.
- Una sesión de 2 horas cuesta entre 8 y 12 dólares (incluye café o cerveza artesanal).
Lo que dice de nosotros como sociedad
No es solo una moda. María José Rivera, socióloga de la Universidad San Francisco de Quito, lo analiza: “Es una protesta contra la hiperconexión. La gente anhela experiencias que no se puedan pausar ni compartir en historias de Instagram”.
En “Sonido Aparte” (Cumbayá), el dueño Renato Ponce exige que los celulares queden en la entrada. “Si suena un teléfono, la magia se rompe. Aquí el algoritmo eres tú y tu oído”, bromea.
¿Dónde encontrarlos en Ecuador?
- Quito: “El Sótano” (La Mariscal), “Tono Lounge” (La Floresta).
- Guayaquil: “Vinilo Bar” (Samanes), “Auricular Club” (Urdesa).
- Cuenca: “Cápsula Sonora” (El Centro).
“No somos un bar. Somos un refugio”, resume Arévalo, mientras coloca un acetato de Pasacalle en el tocadiscos. El algoritmo no entra aquí. Y los quiteños, al parecer, tampoco quieren que lo haga.
Imagen referencial generada con inteligencia artificial.