Descartados: Cómo la cultura del usar y botar nos consume
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En Loja, como en el resto del país, cada vez es más común que una licuadora dure menos de dos años, una lavadora exija reparaciones costosas a los tres años y hasta los celulares parezcan diseñados para volverse obsoletos en meses. No es casualidad: es la cultura del descarte.
Para el lector ecuatoriano, esto se traduce en bolsillos más flacos y montañas de basura electrónica que crecen en vertederos. Lo que antes era un gasto cada cinco años, ahora es anual. Entender este fenómeno no solo ayuda al bolsillo, sino al planeta.
¿Por qué ocurre?
La llamada obsolescencia programada —productos fabricados para fallar en un tiempo determinado— ya no es un secreto. Grandes empresas diseñan piezas que no se reparan o actualizaciones de software que dejan obsoleto el hardware. En Ecuador, sin leyes que exijan repuestos o derecho a reparar, el consumidor termina reemplazando, no arreglando.
- Electrónica: teléfonos y computadoras ralentizados por actualizaciones o baterías no reemplazables.
- Electrodomésticos: motores más débiles, plásticos de baja resistencia y falta de repuestos genéricos.
- Ropa y calzado: costuras pobres y materiales sintéticos que se desgastan en meses, pese a precios altos.
Lo que viene ahora
Mientras en Europa y Estados Unidos crecen las leyes de ‘derecho a reparar’, en Ecuador el debate recién comienza. La Superintendencia de Control del Poder de Mercado ha abierto investigaciones, pero el cambio más rápido está en las manos del consumidor: comprar consciente, exigir garantías y apoyar talleres locales de reparación. Cada objeto que no tiramos es un voto contra el descarte.
La cultura del descarte no es inevitable. Con información y decisión, podemos alargar la vida de lo que ya tenemos. Tu bolsillo y el planeta lo agradecerán.
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