El cuerpo de Cristo es suyo, el mío no: la fe frente a la realidad
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En las iglesias de Loja se repite una frase que invita a la entrega total: ‘El cuerpo de Cristo es suyo’. Pero cuando la enfermedad toca la puerta o la pobreza deja marcas, muchos fieles dicen en silencio: el mío no.
Para el lector de a pie, esta frase refleja una tensión cotidiana: cómo conciliar la devoción religiosa con el dolor físico y las limitaciones materiales. No es un debate teológico, sino una pregunta humana que resuena en hogares lojanos.
Contexto: fe y cuerpo en Loja
En las celebraciones de Semana Santa y en misas dominicales, la entrega simbólica del cuerpo de Cristo es un acto central. Sin embargo, fuera del templo, el cuerpo propio enfrenta realidades duras: falta de acceso a salud, trabajo físico extenuante, violencia doméstica. La brecha entre el discurso de entrega y la experiencia concreta genera preguntas incómodas.
- Salud: En barrios como El Plateado o San Cayetano, las colas en el hospital Isidro Ayora son largas y los recursos escasos. El cuerpo enfermo clama por atención.
- Trabajo: Jornaleros y vendedores ambulantes desgastan sus cuerpos por un sueldo mínimo. La fe no paga las cuentas.
- Violencia: Mujeres que sufren maltrato escuchan en misa que deben ofrecer su dolor. Pero algunas preguntan: ¿hasta dónde?
Lo que viene ahora
La Iglesia católica en Loja ha iniciado talleres de acompañamiento psicológico. El padre Juan Carlos Morocho, conocido por su trabajo social, dice en privado: ‘la fe no exige sufrimiento innecesario’. El debate está abierto: ¿cómo hacer que el mensaje religioso no sea una carga adicional para quienes ya la llevan?
Al final, la frase del titular no es una blasfemia, sino un grito que pide una fe que abrace también el cuerpo real, el que duele y trabaja. En Loja, la espiritualidad está llamada a ser más humana.
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