Militarización sin resultados: la inseguridad que no cede en Ecuador
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La militarización avanza, pero la violencia no cede. A once meses de que Daniel Noboa asumiera la Presidencia, las cifras de homicidios y delitos violentos en Ecuador no muestran una mejora sostenida. La estrategia, centrada en el despliegue militar en las calles y la declaratoria de conflicto armado interno, empieza a mostrar grietas que afectan directamente a ciudades como Loja.
¿Por qué esto te importa?
Si vives en Loja o en cualquier ciudad ecuatoriana, la militarización no ha significado un regreso a la tranquilidad. El toque de queda, los operativos y la presencia castrense no han logrado desarticular las redes del crimen organizado que operan en provincias como Loja, fronteriza con Perú. Las extorsiones, los robos y los sicariatos no han disminuido; en algunos sectores, incluso han aumentado.
Contexto: la estrategia de seguridad de Noboa
Noboa llegó al poder con la promesa de recuperar el control territorial. A los pocos días declaró un conflicto armado interno y ordenó la intervención de las Fuerzas Armadas en las calles, junto con la construcción de dos macro cárceles y la adquisición de equipos tecnológicos. Sin embargo, los resultados son mixtos: si bien en los primeros meses hubo una reducción de homicidios, la tendencia se revirtió. Según datos oficiales, en los primeros nueve meses de 2024 se registraron más de 6,000 muertes violentas, una cifra similar a la del mismo período del año anterior.
- Falta de inteligencia: La militarización no reemplaza el trabajo de inteligencia policial. Sin operaciones quirúrgicas, las bandas se reagrupan.
- Desplazamiento del crimen: La presión en puertos y grandes ciudades empujó a grupos delictivos hacia provincias como Loja, donde la capacidad estatal es menor.
- Costos sociales: Las restricciones a la movilidad y los operativos en barrios populares generan descontento y no atacan las causas profundas de la violencia.
Lo que viene ahora
El gobierno anuncia más recursos para seguridad y la creación de un bloque de seguridad en la frontera sur. No obstante, el tiempo se agota. La presión social crece y la credibilidad del plan se desgasta. Para el lojano, la pregunta no es cuántos militares habrá en las esquinas, sino cuándo volverá a sentirse seguro al salir de casa. La respuesta aún no llega.
La estrategia de Noboa necesita un giro: de la respuesta militar a la prevención, de la presencia estática a la inteligencia. Mientras eso no ocurra, las calles de Loja y Ecuador seguirán siendo un termómetro de una crisis de seguridad que no se resuelve con más uniformados.
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